14 de agosto de 2010

sueltos...

Barthes decía que la vida de un maestro se divide en tres etapas. En la primera enseña lo que sabe. En la segunda, lo que no sabe. Y en la tercera, se entrega al aprendizaje de desaprender. Los maestros del taoismo ya habían percibido que el camino para la sabiduría pasa por el olvido de lo aprendido.

Alberto Caeiro también sentía lo mismo y hablaba de la necesidad de despojarse de lo que le había sido enseñado para reencontrarse consigo mismo. Al final de tal proceso, posiblemente con la llegada de la vejez, Barthes se sentía portador de un nuevo saber, al que daba el nombre de sapiencia: el saber sabroso. Y, sin el menor embarazo, admitía ser sabio.

Sabio, por sus raíces etimológicas, significa “el que degusta”. Ser sabio no es tener acumulados conocimientos en grado superlativo: es haber desarrollado la capacidad erótica de sentir gusto por la vida. Como él mismo dice, sapiencia es “nada de poder, una pizca de saber, y el máximo posible de sabor”.

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